jueves, 11 de diciembre de 2014

La Fina Línea Que Hay Entre Ser Un Bromista Y Ser Un Cabrón

A menudo los solemos tomar a broma (de hecho, es lo que más les gusta), pero los bromistas cumplen una función social muy importante. Aportan humor y buen rollo en nuestra vida cotidiana y se encargan muchas veces de alegrarnos los malos días.

En todo grupo de amigos que se precie, hay como mínimo un bromista. Es aquel que no puedes tomarte en serio nunca, y que tampoco te tomará en serio a ti jamás. Su única misión es reírse de todo y de todos, aunque para ello tengan que recurrir al sarcasmo a veces demasiado ácido y a comentarios irónicos que no todo el mundo sabe encajar bien. Es cuestión de fair play.

Pero si hay algo difícil de encajar y para lo que hace falta mucho fair play son sus bromas. La broma es la táctica por excelencia a la que suele recurrir el bromista, como su propio nombre indica, para tratar de conseguir la carcajada general. Sin embargo, no cabe duda de que en el fondo los bromistas tienen su corazoncito, y en realidad quieren que seamos felices, aunque a veces la cosa se les vaya un poco de las manos.

Nos referimos a cuando sus bromas ya no tienen ninguna gracia. Cuando se pasan de la raya, poniendo en riesgo incluso tu integridad física, o tu dignidad. Ahí ya no estaríamos hablando de bromistas. Esos ya son otra especie: los podemos denominar “cabrones”.

Un bromista, por ejemplo, coge tu smartphone y te lo esconde. Cuando ya empiezas a mostrar los síntomas de un ataque de histeria, acaba sacándoselo del bolsillo, te lo devuelve y te pide perdón. Un cabrón coge tu smartphone y se dedica a hacerse pasar por ti para trollearte tu Facebook, escribiendo obscenidades en tu biografía, o enviar whatsapps comprometidos a tus contactos. O directamente, meten el teléfono dentro de un cubata.

Un bromista te salpica con el agua de la playa cuando tú, que eres friolero o friolera por naturaleza, vas entrando muy poquito a poco en el mar para evitar un colapso. El cabrón te pilla cuando estás desprevenido y te tira por encima un cubo lleno de agua a -50ºC, adornado todo con varios cubitos de hielo, mientras alguien te grababa, para después subir el vídeo a YouTube… Espera, ¿no te suena esto de algo? ¿No se ha convertido esto en una moda entre las celebrities?

El bromista te pega un grito ensordecedor en el oído y te agarra del brazo sin previo aviso cuando estáis viendo una película de miedo, aunque estéis en el cine rodeados de gente. El cabrón se curra toda una representación, con atrezzo y todo, para simular que acaba de invocar a un espíritu maligno o similar. Incluso alguien disfrazado de muerto viviente (el cabrón nº2) o consigue que las cosas se empiecen a caer por el salón, con el consiguiente amago de infarto que puede producir en los presentes.

En resumen, el mundo es un lugar más divertido con bromistas (y lo es todavía más cuando las víctimas de sus bromas son los demás). Sin embargo, la línea que separa al bromista del cabrón puede ser fina. Ten cuidado de no cruzarla: corres el riesgo de quedarte sin amigos.

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